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Pasajeros en Tránsito

La caverna de Platón

7 Julio 2010 , Escrito por blacrainbow Etiquetado en #Evolución

 

-Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia ya la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caver­na hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no pue­dan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alum­bra, y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Su­pón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.

-Ya me represento todo eso.

-Figúrate personas que pasan a lo largo del muro llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de ma­dera o de piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro. Entre los portadores de todas estas cosas, unos se detienen a con­versar y otros pasan sin decir nada.

-¡Extraños prisioneros y cuadro singular!

-Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse enfrente de ellos en el fondo de la caverna?

-No.

-¿Ni cómo habían de poder ver más, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?

-Sin duda.

-Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿Pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?

-No.

-Si pudieran conversar unos con otros, ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?

-Sin duda.

-Y si en el fondo de su prisión hubiera un eco que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿no se imaginarían oír hablar a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?

-Sí.

-En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.

-Es cierto.

-Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hom­bres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz; hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá a los ojos, y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese que hasta entonces sólo ha­bía visto fantasmas y que ahora tenia delante de su vista objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si en seguida se le muestran las cosas a medida que se vayan presentando y a fuerza de preguntas se le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que ahora se le muestra?

-Así es.

-Y si se le obligase a mirar al fuego, ¿no sentiría molestia en los ojos? ¿No volvería la vista para mirar a las sombras, en las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar en éstas más dis­tinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?

-Seguramente.

-Si después se le saca de la caverna y se le lleva por el sen­dero áspero y escarpado hasta encontrar a la claridad del sol, ¿qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera? ¡Cómo se enfurecería! Y cuando llegara a la luz del sol, deslumbrados sus ojos con tanta claridad, ¿podría ver ninguno de estos nume­rosos objetos que llamamos seres reales?

-Al pronto no podría.

-Necesitaría indudablemente algún tiempo para acostumbrarse a ello. Lo que distinguiría más fácilmente seria, primero, som­bras; después, las imágenes de los hombres y demás objetos pin­tados sobre la superficie de las aguas; y por último, los objetos mismos. Luego, dirigiría sus miradas al cielo, al cual podría mirar más fácilmente durante la noche a la luz de la luna y de las es­trellas que en pleno día a la luz del sol.

-Sin duda.

-Y al fin podría, no sólo ver la imagen del sol en las aguas y dondequiera que se refleja, sino fijarse en él y contemplarlo allí donde verdaderamente se encuentra.

-Sí.

-Después de esto, comenzando a razonar, llegaría a concluir que el sol es el que crea las estaciones y los años, el que gobierna todo el mundo visible y el que es, en cierta manera, la causa de todo lo que se veía en la caverna.

-Es evidente que llegaría como por grados a hacer todas estas reflexiones.

-Si en aquel acto recordaba su primera estancia, la idea que allí se tiene de la sabiduría y sus compañeros de esclavitud, ¿no se regocijaría de su mudanza y no se compadecería de la desgracia de aquellos?

-Seguramente.

-¿Crees que envidiaría aún los honores, las alabanzas y las recompensas que allí se daban al que más pronto observaba las sombras a su paso, al que con más seguridad recordaba el orden en que marchaban yendo unas delante y detrás de otras o juntas, y que en este concepto era el más hábil para adivinar su apari­ción; o que tendría envidia a los que eran en esta prisión más poderosos y más honrados? ¿No preferiría como Aquiles en Ho­mero (1), pasar la vida al servicio de un pobre labrador y sufrirlo todo antes de recobrar su primer estado y sus primeras ilusiones?

-No dudo que estaría dispuesto a sufrir cuando se quisiera antes que vivir de esa suerte.

-Fija tu atención en lo que voy a decirte. Si este hombre vol­viera de nuevo a su prisión para ocupar su antiguo puesto en este tránsito repentino de la plena luz a la oscuridad, ¿no se en­contraría como ciego?

-Sí.

-Y si cuando no distingue aún nada, y antes de que sus ojos hayan recobrado su aptitud, lo que no podría suceder sin pasar mucho tiempo, tuviese precisión de discutir con los otros prisio­neros sobre estas sombras, ¿no daría lugar a que éstos se rieran, diciendo que por haber salido de la caverna había perdido la vista, y no añadirían, además, que sería de parte de ellos una locura el querer abandonar el lugar en que estaban, y que si al­guno intentara sacarlos de allí y llevarlos al exterior sería preciso cogerle y matarle?

-Sin duda.

-Y bien, mi querido Glaucón, ésta es precisamente la imagen de la condición humana. El antro subterráneo es este mundo vi­sible; el fuego que le ilumina es la luz del sol; este cautivo, que sube a la región superior y que la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera inteligible. He aquí, por lo menos, lo que yo pienso, ya que quieres saberlo. Sabe Dios si es conforme con la verdad. En cuanto a mí, lo que me parece en el asunto es lo que voy a decirte. En los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que se percibe con dificultad; pero una vez percibida no se puede menos de sacar la consecuencia de que ella es la causa primera de todo lo que hay de bello y de bueno en el universo; que, en este mundo visible, ella es la que produce la luz y el astro de que ésta procede directamente; que en el mundo invisible engendra la verdad y la inteligencia; y en fin, que ha de tener fijos los ojos en esta idea el que quiera conducirse sabia­mente en la vida pública y en la vida privada.

-Soy de tu dictamen en cuanto puedo comprender tu pensa­miento.

-Admito, por lo tanto, y no te sorprenda, que los que han llegado a esta sublime contemplación, desdeñan tomar parte en los negocios humanos, y sus almas aspiran sin cesar a fijarse en este lugar elevado. Así debe suceder si es que ha de ser conforme con la pintura alegórica que yo he trazado.

-Sí, así debe ser.

-¿Es extraño que un hombre, al pasar de esta contemplación divina a la de los miserables objetos que nos ocupan, se turbe y parezca ridículo, cuando antes de familiarizarse con las tinieblas que nos rodean, se vea precisado a entrar en discusión ante los tribunales o en cualquier otro paraje sobre sombras y fantasmas de justicia y explicar cómo él las concibe delante de personas que jamás han visto la justicia en sí misma?

-No veo en eso nada que me sorprenda.

-Un hombre sensato reflexionará que la vida puede turbarse de dos maneras y por dos causas opuestas: por el tránsito de la luz a la oscuridad o por el de la oscuridad a la luz; y aplicando los ojos del alma lo que sucede a los del cuerpo, cuando vea a aquélla turbada y entorpecida para distinguir ciertos objetos, en vez de reír sin razón al verla en tal embarazo, examinará si éste procede de que el alma viene de un estado más luminoso, o si es que al pasar de la ignorancia a la luz, se ve deslumbrada por el excesivo resplandor de ésta. En el primer caso, la felicitará por su turbación; y en el segundo lamentará su suerte; y si quiere reírse a su costa, sus burlas serán menos ridículas que si se diri­giesen al alma que desciende de la estación de la luz.

-Lo que dices es muy razonable.

-Si todo esto es cierto, debemos concluir que la ciencia no se aprende de la manera que ciertas gentes pretenden. Se jactan de poder hacerla entrar en un alma donde no existe, poco más o me­nos del mismo modo que se volvería la vista a un ciego.

-Lo dicen resueltamente.

-Pero lo que estamos diciendo nos hace ver que cada cual tiene en su alma la facultad de aprender mediante un órgano des­tinado a este fin; que todo el secreto consiste en llevar este órgano, y con él el alma toda, de la vista de lo que nace a la contempla­ción de lo que es, hasta que pueda fijar la mirada en lo más luminoso que hay en el ser mismo, es decir, según nuestra doctrina, en el bien; en la misma forma que si el ojo no tuviere un movi­miento particular, sería necesario que todo el cuerpo girase con él al pasar de las tinieblas a la luz; ¿no es así?

-Sí.

-En esta evolución, que se hace experimentar al alma, todo el arte consiste en hacerla girar de la manera más fácil y más útil. No se trata de darle la facultad de ver, porque ya la tiene; sino que lo que sucede es que su órgano está mal dirigido y no mira a donde debía mirar, y esto es precisamente lo que debe corregirse.

-Me parece que no consiste en otra cosa el secreto.

-Con las demás cualidades del alma sucede poco más o menos como con las del cuerpo; cuando no se han obtenido de la natu­raleza, se adquieren mediante la educación y la cultura. Pero res­pecto a la facultad de saber, como es de una naturaleza más di­vina, jamás pierde su virtud; se hace solamente útil o inútil, ven­tajosa o perjudicial, según la dirección que se le da. ¿No has observado hasta dónde llevan su sagacidad esos hombres cono­cidos con el nombre de embaucadores? ¿Con qué penetración su alma ruin discierne todo lo que les interesa? Su vista no está ni debilitada ni turbada, y como la obligan a servir como instru­mento de su malicia, son tanto más maléficos cuanto son más sutiles y perspicaces.

-Esa observación es exacta.

-Si desde la infancia se hubieran atajado estas tendencias cri­minales, que como otros tantos pesos de plomo arrastran al alma a los placeres sensuales y groseros y la obligan a mirar siempre hacia abajo; si después de haberla librado de estos pesos, se hu­biera dirigido su mirada hacia la verdad, la habría distinguido con la misma sagacidad.

-Así parece.

-¿No es una consecuencia probable, o más bien necesaria, de todo lo que hemos dicho, que ni los que no han recibido educa­ción alguna y que no tienen conocimiento de la verdad, ni aquellos a quienes se ha dejado que pasaran toda su vida en el estudio y la meditación, son a propósito para el gobierno de los Estados; los unos, porque en su conducta no tienen un punto fijo por el que puedan dirigir todo lo que hacen en la vida pública y en la vida privada; y los otros porque no consentirán nunca que se eche sobre ellos semejante carga, creyéndose ya en vida en las Islas Afortunadas?

-Tienes razón.

-A nosotros que fundamos una república toca obligar a los hombres de naturaleza privilegiada a que se consagren a la más sublime de todas las ciencias, contemplando el bien en sí mismo y elevándose hasta él por ese camino áspero de que hemos ha­blado; pero después que hayan llegado a ese punto y hayan contemplado el bien durante cierto tiempo, guardémonos de permitirles lo que hoy se les permite.

-¿Qué?

-No consentiremos que se queden en esta región superior, negándose a bajar al lado de los desgraciados cautivos, para tomar parte en sus trabajos, y aun en sus honores, cualquiera que sea la situación en que se vean.

-Pero ¿habremos de ser tan duros con ellos? ¿Por qué conde­narles a una vida miserable cuando pueden gozar de una suerte más dichosa?

-Vuelves, mi querido amigo, a olvidar que el legislador no debe proponerse por objeto la felicidad de una determinada clase de ciudadanos con exclusión de las demás, sino la felicidad de todos; que a este fin debe unirse a todos los ciudadanos en los mismos intereses, comprometiéndose por medio de la persuasión o de la autoridad a que se comuniquen unos a otros todas las ventajas que están en posición de procurar a la comunidad; y que al formar con cuidado semejantes ciudadanos, no pretende dejarlos libres para que hagan de sus facultades el uso que les acomode, sino servirse de ellos con el fin de fortificar los lazos del Estado.

-Es verdad; se me había olvidado.

-Por lo demás, ten presente, mi querido Glaucón, que noso­tros no seremos culpables de injusticia para con los filósofos que se formen entre nosotros, y podremos exponerles muy buenas razones para obligarles a que se encarguen de la guarda y de la dirección de los demás. Les diremos: en otros Estados puede excusarse a los filósofos que evitan la molestia de los negocios públicos, porque deben su sabiduría sólo a sí mismo, puesto que se han formado a pesar del gobierno y, por lo tanto, es justo que lo que sólo se debe a sí mismo en su origen y en su desarrollo, no esté obligado a ninguna clase de reconocimiento para con nadie; pero vosotros no estáis en este caso; os hemos formado consultando el interés del Estado y el vuestro, para que, como en la república de las abejas, seáis en ésta nuestros jefes y nuestros reyes, y con esta intención os hemos dado una educación más perfecta, que os hace más capaces que todos los demás para unir el estudio de la sabiduría al manejo de los negocios. Descended, pues, cuanto sea necesario, a la estancia común; acostumbrad vuestros ojos a las tinieblas que allí reinan; y cuando os hayáis familiarizado con ellas, juzgaréis infinitamente mejor que los de­más la naturaleza de las cosas que allí se ven; distinguiréis mejor que ellos los fantasmas de lo bello, de lo justo y del bien, porque habéis visto en otra parte la esencia de lo bello, de lo justo y de lo bueno. Y así, tanto para vuestra dicha como para la de la república, el gobierno de nuestro Estado será una realidad, y no un sueño, como en la mayor parte de los demás Estados, donde los jefes se baten por sombras vanas y se disputan con encarniza­miento la autoridad, que miran como un gran bien. Pero la ver­dad es que todo Estado en que los que deben mandar no muestran empeño por engrandecerse, necesariamente ha de ser bien gobernado y ha de reinar en él la concordia; mientras que don­dequiera que se ansíe el mando no puede menos de suceder todo lo contrario.

-Es cierto.

-¿Resistirán nuestros discípulos la fuerza de estas razones? ¿Se negarían a cargar alternativamente Con el peso del gobierno, para ir después a pasar juntos la mayor parte de su vida en la región de la luz pura?

-Es imposible que lo rehúsen, porque son justos y justas tam­bién nuestras exigencias; pero entonces cada uno de ellos, al con­trario de lo que sucede en todas partes, aceptará el mando como un yugo inevitable.

-Así es, mi querido amigo. Si puedes encontrar para los que deben obtener el mando una condición que ellos prefieran al man­do mismo, también podrás encontrar una república bien ordenada, porque en el Estado solo mandarán los que son verdaderamente ricos, no en oro, sino en sabiduría y en virtud, riquezas que cons­tituyen la verdadera felicidad. Pero dondequiera que hombres pobres, hambrientos de bien, y que no tienen nada por sí mis­mos, aspiren al mando, creyendo encontrar en él la felicidad que buscan, el gobierno será siempre malo, se disputará y se usurpará la autoridad, y esta guerra doméstica e intestina arruinará al fin al Estado ya sus jefes.

-Nada más cierto.

-¿Conoces alguna condición como no sea la del verdadero filósofo, que pueda inspirar el desprecio de las dignidades y de los cargos públicos?

-No conozco otra.

-Además es preciso confiar la autoridad a los que no están ansiosos de poseerla, porque en otro caso la rivalidad haría nacer disputas entre ellos.

-Sin duda.

-¿A quién obligarás a aceptar el mando, sino a los que, ins­truidos mejor que nadie en la ciencia de gobernar, cuentan con otra vida y otros honores que prefieren a los que ofrece la vida civil?

-No me dirigiría a otros.

 

 

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Clara Luz de Luna | calcolo gravidanza 01/17/2012 18:09


las frases para meditar de platon molan muchisimo

blackrainbow 03/27/2012 19:34



piensa todo lo que se prrdió despues con tas tonterias de las religiones... antes si habia conocimiento, todo se destruyó en la epoca de la biblioteca de Alejandria.