Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
Pasajeros en Tránsito

El rapto

19 Julio 2010 , Escrito por blackrainbow Etiquetado en #Guerreros

 

 

 

El “darse cuenta” (“Conócete a ti mismo”) no es la máxima que rige las vidas de nuestros conciudadanos sino más bien “posee lo máximo que puedas”. El resultado de este empobrecimiento es que la propiedad recursiva de la conciencia del sapiens se encuentra muy poco desarrollada más allá de sus usos sociales en comparación con los adaptativos (luchar, competir, engañar o disimular).

 

El viaje hacia el interior es la única manera de fortalecer la autoconciencia. Curiosamente la autoconciencia se forma en un movimiento de vaivén: a cada movimiento de descenso se corresponde un movimiento de ascenso, como si ese aprendizaje rebotara en la conciencia basal en relación a la profundidad alcanzada y como en una cama elástica relanzara al operador hacia arriba en un movimiento de ganancia de autoconciencia. El descenso –sin embargo– no carece de peligros. El extravío en las profundidades de la conciencia basal o las psicosis inflacionarias son dos de los riesgos que hay que tener en cuenta cuando iniciemos este viaje al infinito interior cuyas etapas a continuación propondré. El tercer peligro es la adoración de falsos dioses, algo que en mi opinión representa el riesgo más frecuente del descenso a los infiernos y que probablemente ya esté afectando a los pioneros de la nueva era.

 

ITINERARIO PARA UN DESCENSO

 

Utilizaré la metáfora del descenso en oposición a la expectativa instrumental de ese viaje que es precisamente el efecto opuesto: el ascenso de la autoconciencia. Existe además otra razón para proponer esta metáfora y es la conocida idea del infierno, algo que se encuentra relacionado con las mitologías clásicas que sostienen nuestra cultura y por tanto nuestras creencias y que de rebote también se encuentra entre la historia de las ideas cristianas. Somos – nuestra cultura– un hijo de Helena e Israel, nuestros padres que nos proveen de mitologias, leyendas, historia y creencias ricas y proteiformes y es mi intención referirme a ellas para ilustrar mis argumentos en torno a este descenso.

 

Los griegos no tenían un concepto de “infierno” tal y como nos ha legado el cristianismo, los hebreos tampoco. El Hades para un griego carecía de matices dramáticos, allí no había fuego, ni castigos o penalidades, se encontraba ocupado por las almas (espectros) que poblaban la mayor parte del mismo pero que no sufrian porque habían bebido “el agua del olvido” y por tanto nada recordaban de su vida anteior, en una parte de VIPS existían – los campos Eliseos– que se encontraban ocupadas por las almas importantes y justas. Cuando un griego moría hacía el siguiente trayecto: primero era visitado por Hipnos, dios del sueño que daba al muerto un cierto matiz de inmovilidad similar al sueño, después entraba en acción su hermano gemelo Tanatos sacando el alma del cuerpo, posteriormente Hermes el Dios mensajero tomaba el alma del difunto y la bajaba a la laguna Estigia donde Creonte –el barquero– depositaba al muerto al otro lado del río. Allí –por fin– le recibía Hades el dios subterráneo que introducía el alma ya en su propio reino, de donde no se podía salir dado que la puerta era guardada por Cancerbero (un monstruo con seis cabezas), que dejaba entrar pero no salir. Una vez dentro les daba a beber “el agua del olvido”, por lo que el alma ingresada se olvidaba de su vida anterior. No podía pues en el Hades haber sufrimiento dado que había amnesia total de la existencia anterior.

 

Los héroes, representantes arquetípicos de la humanidad, descendían con frecuencia al Hades con intención de rescatar parientes o amados muertos, una tarea que contaba siempre con la oposición más o menos activa de Hades. El mismo Dios Hades tuvo que

Persefone

ingeniárselas para conseguir una esposa, -Persefone- que tuvo que violar y raptar a la fuerza para que compartiera su vida en el mundo subterráneo. Demeter, Teseo, Orfeo y Dioniso, Heracles, Ulises o Psiqué son ejemplos de dioses, héroes o heroínas que visitaron el Hades buscando el alma de sus amados o bien cumpliendo alguna tarea fundamental para recibir ciertos dones por parte de los dioses.

 

En este sentido podemos considerar que el descenso al Hades forma parte de la tarea del héroe, algo que tiene que ver con la exploración del inconsciente o si se quiere en términos mitológicos la ganancia de alguna subjetividad que siempre es algo que se arranca al inconsciente, algo que no se hace sin transgresión y que representa una oposición a la tradición o al designio celestial.

 

En este sentido y recapitulando el descenso a los infiernos tiene dos principales vías de entrada:

 

1.- Una entrada en forma de tarea de proporciones heroicas, que representan en el héroe una iniciación, es decir un tránsito necesario entre un nivel y otro de aprendizaje, algo que es condición para una progresión, para conseguir un deseo o merecer una distinción. A menudo el héroe fracasa en esta misión, sobre todo cuando de forma omnipotente pretende resucitar a alguien que ha muerto, es decir cuando no mide convenientemente sus fuerzas. Otras veces el héroe triunfa sobre los peligros del descenso como es el caso de Heracles, Dioniso o la misma Psiqué y vuelven con un itinerario que podrán mostrar a los humanos que lo precisen.

 

2.- La otra forma de entrar en el Hades es a través de un rapto, de un episodio involuntario y paroxístico: es el caso de Perséfone, raptada y violada por el Dios de los abismos y obligada a permanecer con él a pesar de los desvelos de su madre Démeter ­-diosa de la agricultura- que incluso amenazó a Zeus con secar toda la tierra si su hija no le era devuelta, algo que el propio Hades resuelve haciéndole comer algunos granos de granada, un fruto que si es comido en el Hades impedirá al héroe definitivamente su vuelta.

 

Rapto (paroxismo) o tarea (iniciación) son pues los dos mecanismos universales de entrada en el infierno (el inconsciente), sin contar la visita guiada por la propia Perséfone o como es natural la muerte que deposita definitivamente el alma en el mundo subterráneo.

 

Los peligros que acechan en el descenso al Hades o inconsciente son arquetípicos y a ellos voy a referirme específicamente en este itinerario fraccionado en etapas, no sin antes describir la conciencia basal, es decir el limite entre lo consciente y el inconsciente que en el nivel temporal se corresponde entre lo mítico y lo histórico (cuya frontera es la leyenda) del mismo modo que el tiempo arquetípico (eternidad) – “en aquel tiempo”- y el tiempo cronológico (Cronos) lindan en la propia conciencia basal a través del tiempo percibido (Kairós).

 

La mejor imagen que se me ocurre para definir la conciencia basal, es la del mar. Usualmente cuando contemplamos el mar no somos demasiado conscientes de que lo que estamos haciendo es contemplar la superficie y no el mar en toda su extensión, pero esta metáfora hará la descripción de la conciencia basal algo mucho más comprensible. El mar tiene fenómenos – incluso en su superficie– que son equivalentes a los que acaecen en la propia conciencia basal, una emergencia de los procesos bioquímicos del cerebro que compartimos con muchos animales y que nos permiten permanecer despiertos la mayor parte del tiempo y “darnos cuenta” de lo que sucede a nuestro alrededor, guardar memoria de determinados hechos y aprender sobre todo con fines adaptativos, sobrevivir. Estos fenómenos son de una parte el color, la luz, las olas, la espuma, el viento, el rumor, el olor, las mareas y las corrientes (ya en cierta profundidad) cada uno de estos elementos pueden aplicarse a la conciencia basal que como el mar es penetrable, desde afuera y desde adentro, es decir su capa más superficial es permeable, nos permite sumergirnos y posteriormente nos permite emerger.

 

Podemos decir que el rapto es un descenso por paroxismos o estallidos –tal y como sucede en el ataque epiléptico– de contenidos del inconsciente (del fondo marino) en la superficie, algo que puede suceder de forma abrupta como es el caso de una psicosis aguda o una crisis existencial. Si entramos en el inconsciente como parte de una tarea iniciática debemos aprender algo de buceo y si penetramos muy profundamente debemos estar entrenados para eludir la descompresión y –como no– saber qué peligros vamos a encontrarnos en cada inmersión.

 

La mayor parte de las personas no contemplan críticamente su conciencia basal, se limitan a usarla para sus fines, que suelen ser adaptativos al medio ambiente en que viven (o el que vivieron en el pasado), competir, vencer, dominar, fornicar, triunfar o simplemente sobrevivir. El hombre autoconsciente está acostumbrado a contemplar su conciencia basal y conoce bien los fenómenos que allí se dan, al menos los sucesos de la superficie que siempre acaecen simultáneamente con el ritmo beta, es decir en el ritmo cotidiano de vigilia.

 

El hombre autoconsciente conoce las fuentes de su ánimo y los mapas del corazón humano, es decir los ríos que alimentan ese mar, su origen, accidentes, deltas, bahias y desembocaduras y descubre casi cada día los matices de su expresión afectiva, más que eso las explora, las pone a prueba, en autocrítica constante y autoobservación activa. El hombre común por el contrario vivencia su conciencia basal de un modo alienado, como “algo que le sucede”. Incapaz de conectar sus vivencias con su periplo vital se limita a sufrir las consecuencias de los virajes de su conciencia planteando una rápida supresión de síntomas sin ver más allá que su destino de halla entralazado con este o aquel sufrimiento. El hombre común se limita a poner diques a las mareas de su conciencia o dicho en términos psicodinámicos se defiende con la represión, es decir el arrinconamiento de todo aquello que socialmente es inadecuado, manteniendo estas fuerzas en una tensión cuya cuerda puede romperse dado que la represión supone un enorme gasto de energía y los vaivenes de la navegación suelen romper las amarras. El hombre corriente no se sumerge jamás y se asusta cuando es obligado a descender al agua, prefiere hacer surf o navegar sobre las aguas manteniendo un equilibrio inestable en tiempos de borrasca. 

 

. El arquetipo Luz.- 

 

 

La iluminación es el final del camino de nuestro heroe: consiste en llegar a intuir, a oler que todas las cosas en el universo forman parte de un Todo, que todo está conectado con todo, que existe una maraña de conectividad en todo el universo que atraviesa la material y lo inmaterial. Es saberse parte de algo supraindividual y no poder ponerle nombre, al tratarse de una experiencia ultrasensible e inefable. En realidad la iluminación es la superación de los contrarios del pensamiento simbólico que tiende a fragmentar, a separar, a dividir en opuestos y a establecer categorias. Tienes que recordar que cada vez que tomas una decisión divides el mundo en dos, lo bifurcas y contribuyes a la incomprensión de lo vivido. A este respecto un viejo proverbio sufi, dice:

 

Antes de la iluminación los árboles eran árboles y los rios, rios, durante la iluminación los arboles dejaron de ser árboles y los rios, rios. Después de la iluminación los árboles volvieron a ser árboles y los rios, rios.

 

Lo que es lo mismo que admitir que la iluminación es el proceso de reconocer lo similar (y agruparlo) y lo distinto (y separarlo) y que este proceso natural se ve interrumpido por el pensamiento lineal que tiende a establecer fragmentaciones entre las entidades. Caer en la cuenta de que los árboles no son sino árboles, es un proceso de conocimiento cuyo hallazgo se sitúa más allá de un conocimiento ingenuo pero coincide con él, al tratarse de un subproducto de una búsqueda nunca un fin en si mismo. El iluminado no pone junto lo diverso y sobre todo no separa lo similar.

 

 

Por contra los peligros de esta etapa son bien conocidos, adorar a falsos dioses (el dinero, la apariencia o los rendimientos) o dejarse cegar en la ilusión de que el heroe se ha transformado en Dios son los dos peligros más importantes de esta etapa, muchos sucumben a ella, por falta de preparación, por falta de madurez necesaria o por candidez. Ninguna persona de menos de 40 años debería adentrarse en este nivel donde el infierno muestra tanto su cara más sublime como su aspecto más terrorifico. Sólo los héroes adultos, bien formados y a salvo de la omnipotencia no sucumbirán a la tentación de creer que han alcanzado a Dios, que son Dios o que Dios les ha distinguido con sus dones.

 

 

Francisco Traver Torras 2005, El infinito interior

 

 


Compartir este post

Repost 0

Comentar este post