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Pasajeros en Tránsito

Descenso a los infiernos

20 Marzo 2011 , Escrito por blackrainbow Etiquetado en #Tradición

El Juicio Final, Hans Memling.

Culturas y tradiciones religiosas de todo el planeta cuentan entre sus relatos más sagrados con la descripción de hombres, héroes y dioses que desafían el peligro y deciden adentrarse en los horribles dominios de la muerte. A la luz de la antropología, su aventura constituye un auténtico viaje iniciático de cuyo éxito depende la obtención de dones y poderes especiales o, incluso, una ansiada resurrección.

Hades, Kur, Duat, Gehenna, Infierno… El temible lugar al que viajan las almas de los difuntos tras la muerte ha ido cambiando de nombre a lo largo de la Historia, pero en todas las culturas y épocas su simple mención ha despertado un temor indescriptible. Pero a pesar del miedo atávico que infundían los dominios de la muerte –o precisamente por eso mismo–, los relatos mitológicos, religiosos y literarios de todo el planeta coinciden en presentarnos una larga lista de personajes (héroes, dioses o “simples” mortales) que osaron descender a las profundidades infernales, se enfrentaron a innumerables y terribles peligros y regresaron victoriosos (en su mayoría) al plano terrenal. Este descenso a los infiernos se conoce como catábasis (y el posterior ascenso anábasis), y suele estar relacionado con un mensaje religioso y mítico de resurrección.

En nuestra cultura occidental, el relato más conocido de estas características es seguramente el de La Divina Comedia de Dante, por la profunda huella que ha dejado en la literatura y el arte con el paso de los siglos. Sin embargo, como decíamos, se trata de un esquema muy antiguo que curiosamente se repite en culturas muy distintas y distantes, tanto en el plano geográfico como en el temporal. La explicación a estas llamativas semejanzas entre culturas que en ocasiones ni siquiera tuvieron contacto entre sí hay que buscarla, casi con seguridad, en el surgimiento primitivo del culto a los muertos. La creencia en un lugar distinto al terrenal, al que irían a parar las almas de los fallecidos, debió surgir de forma paralela a los primeros enterramientos en los que se rendía culto a los congéneres fallecidos. Es fácil entender que estos reinos de la muerte se concibieran o imaginaran en las profundidades subterráneas, pues no en vano los difuntos eran enterrados bajo tierra.

'Dante y Virgilio en los infiernos' (1822), de Delacroix. 

‘Dante y Virgilio en los infiernos’ (1822), de Delacroix.

MUERTE Y RESURRECCIÓN
El primer relato de estas características que se conserva es el de la diosa sumeria Inanna, reina del cielo, quien ambicionaba gobernar también los dominios de su hermana Ereshkigal, señora del Kur (los Abismos). Antes de iniciar su periplo por el inframundo, Inanna se vistió con sus mejores ropajes y joyas, con la intención de deslumbrar a los seres del mundo oscuro. El guardián de las puertas del Kur le permitió el paso, aunque avisó a Ereshkigal de su llegada. Ésta ordenó a sus demonios que despojaran a Inanna de sus vestiduras cuando atravesara cada una de las puertas del Kur y así, cuando pasó la última de ellas, la reina de los cielos se halló desnuda y desprotegida ante los siete dioses infernales, quienes la fulminaron con su letal mirada.

Por fortuna, Inanna había tomado la precaución de avisar de su aventura al mundo inferior a su mensajero Ninshubur y fue este, con ayuda del dios Enki, quien logró resucitarla y permitió su vuelta y ascenso al mundo superior.

En una versión posterior del mito, Inanna desciende a los infiernos para rescatar a su amado Tammuz, que había fallecido. En la mitología sumeria, el pastor-dios moría en otoño y resucitaba en primavera. En cualquier caso, ambas versiones ofrecen un mensaje de resurrección, que en el relato de Tammuz parece derivarse de la observación de los ciclos de la naturaleza.

Otro relato de la época, la célebre Epopeya de Gilgamesh, refiere una nueva aventura de descenso a los infiernos. En este caso es Endiku, amigo del héroe, quien baja al inframundo para recuperar dos objetos mágicos perdidos por Gilgamesh. Por desgracia, Endiku no había cumplido unos ritos necesarios para el descenso, por lo que quedó atrapado en el Kur. Tras obtener la ayuda de Enki (Señor de las aguas), Gilgamesh consiguió rescatar el espíritu de su amigo a través de una hendidura en el mundo subterráneo.

Relieve representando un pasaje de la Epopeya de Gilgamesh.

Relieve representando un pasaje de la Epopeya de Gilgamesh.

Ya en época clásica, encontramos nuevas versiones del mito en el contexto de los llamados cultos mistéricos, entre los que destacan los llamados Misterios de Eleusis. Dichos Misterios consistían en unos rituales de iniciación vinculados a las diosas Deméter y Perséfone, que se realizaban en la ciudad de Eleusis, a unos 20 kilómetros de Atenas. Mientras jugaba con otras jóvenes, Perséfone fue secuestrada por su tío Hades, dios del inframundo, quien la obligó a convertirse en su esposa. Cuando Deméter descubre que su hija ha desaparecido, comienza a buscarla desesperadamente. Al descubrir lo sucedido, Deméter, decide dejar el Olimpo y se traslada a Eleusis, haciéndose pasar por una anciana.

Allí comienza a trabajar como nodriza en casa de Céleo, cuidando a su hijo Demofonte. La diosa decide convertir al niño en dios, y para ello le alimenta con néctar y ambrosía, y lo pasa por encima del carbón encendido para eliminar su parte mortal. Pero su madre le espía y al ver que mete al niño en el fuego, grita, angustiada. Deméter deja al niño y renuncia a convertirlo en dios. Muestra su auténtica naturaleza divina y pide a los humanos que le erijan un templo. Una vez construido, Deméter se refugia en él, irritada, y la vegetación deja de crecer, rompiéndose así el orden de las cosas. Los hombres mueren de hambre y los dioses no reciben ofrendas.

Zeus, cansado de la situación, pide a Hades que devuelva a Perséfone. El dios del inframundo acepta, pero antes engaña a la joven dándole a comer granos de granada, alimento de las profundidades, por lo que se verá obligada a pasar parte del año con su madre, y el resto con su marido, Hades. Por este motivo, año tras año, cuando Perséfone regresa, Deméter vuelve a cubrir la tierra de flores y frutos, al igual que sucedía en el mito de Inanna y Tammuz. Resuelta la disputa, Deméter instaura los Misterios –convirtiendo a Triptolemo, hermano de Demofonte, en uno de los primeros iniciados– y regresa al Olimpo.

En la actualidad, es poco lo que saben con certeza los historiadores sobre lo que ocurría durante los ritos internos de Eleusis. Los iniciados se debían a un solemne juramento de secreto, por lo que la información que se posee está relacionada en su mayoría con la parte externa de los Misterios.

Deméter y Perséfono junto a Triptolemo (centro). Crédito: Wikipedia.

Deméter y Perséfone junto a Triptolemo (centro). Crédito: Wikipedia.

Éstos se celebraban en dos ocasiones anuales: los Misterios Menores y Misterios Mayores. Los primeros tenían lugar en torno al mes de marzo (anthesterion) y los mayores en el mes de septiembre (boedromion), prolongándose durante nueve días. En ambos casos el culto se iniciaba con una peregrinación que partía desde el kerameikos (el cementerio de Atenas) hasta el santuario de Eleusis. Durante el viaje los participantes pasaban por enclaves significativos para la celebración, que estaban provistos de un profundo significado.

El caso de Deméter y Perséfone no es el único citado en la mitología grecolatina, pues además de las aventuras de diversos héroes que bajaron al Hades (y que veremos más adelante), otros dioses se aventuraron en aquellos terrenos peligrosos (ver anexo).

CRISTO EN EL LIMBO
Ya en época cristiana, y más concretamente en torno al siglo II de nuestra era, se redactó el llamado Evangelio de Nicodemo, un texto apócrifo que, pese a su exclusión de los textos canónicos, gozó de gran popularidad y fue bien visto por los primeros Padres de la Iglesia.

Este texto relata los pormenores de la bajada de Cristo al infierno, ocurrida tras su muerte en la cruz y antes de su resurrección al tercer día. Los Evangelios no mencionan la catábasis de Jesucristo, pero el texto de Nicodemo se hace eco del episodio, supuestamente conocido gracias al testimonio de los hermanos Karino y Leucio –hijos del anciano Simeón, amigo de Jesús–, quienes habían muerto y gozaron de la resurrección tras la bajada de Cristo al infierno. Según el relato de los dos hermanos, recogido en el Evangelio de Nicodemo, el limbo se vio inundado repentinamente de una luz potentísima y “dorada como el sol”, por lo que Adán, los profetas y los patriarcas adivinaron quién descendía a buscarles. Satanás, por el contrario, se atemorizó ante la llegada del Mesías. El demonio ordenó a sus huestes que reforzaran las puertas del infierno, pero fue en vano. Jesucristo reventó los goznes de las puertas y aplastó con ellas al Maligno. A continuación liberó a Adán y a todos los justos que habían muerto antes de la redención de la humanidad a través de la muerte en la cruz, y que por este motivo se hallaban en el limbo.

Cristo en el limbo (1460 aprox.), de Friedrich Pacher.

Cristo en el limbo (1460 aprox.), de Friedrich Pacher.

De este modo, Cristo no sólo repite el esquema del dios que resucita tras un descenso a los infiernos, sino que al mismo tiempo lleva a cabo la ascensión a los cielos de otros personajes. Más curiosa resulta la historia de la resurrección de los hermanos Karino y Leucio. Según el texto atribuido a Nicodemo –que adquiriría gran notoriedad en los siglos siguientes, en especial tras su inclusión en La Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine–, los hermanos gozaron también de la gracia de la resurrección, pero en lugar de ir directamente al Paraíso regresaron antes a la Tierra, aunque más parecían sombras del Hades griego que humanos vivos, pues permanecían todo el día en silencio, excepto para lanzar de vez en cuando unos terribles lamentos. Tras testificar ante los sacerdotes del Templo y entregar su relato por escrito a Nicodemo, desaparecieron misteriosamente en medio de una gran luminosidad.

UN LUGAR DE SABIDURÍA
Hasta ahora hemos visto las incursiones de distintos dioses cuyo descenso a los territorios tenebrosos tenía como finalidad el rescate y posterior resurrección de otros personajes, o que bien experimentaban ellos mismos una resucitación tras completar el ciclo descenso-ascenso.

Sin embargo, entre la nutrida lista de historias similares destacan también las aventuras de otros personajes, generalmente héroes, cuya visita a los infiernos está motivada por la necesidad de obtener alguna información de los muertos que resulta imprescindible para la resolución exitosa de sus respectivas aventuras. Tal y como explicaba el erudito Mircea Eliade en su obra Nacimiento y Renacimiento, el más allá “es también un lugar de conocimiento y sabiduría. El señor de los infiernos es omnisciente; la muerte conoce el futuro. En algunos mitos y sagas, el héroe desciende al infierno para obtener sabiduría o aprender alguna enseñanza secreta”.

Ese es el caso, por ejemplo, del mortal Odiseo (Ulises). En su periplo para regresar a casa, el héroe recala en la isla de Ea. Allí, la bruja Circe le recomienda descender al Hades, donde podrá preguntar al adivino Tiresias sobre el modo de encontrar el camino de vuelta a su añorada Ítaca. Tras llegar a las puertas del infierno, Odiseo realiza un sacrificio de sangre, lo que atrae a las siniestras almas de los difuntos, y logra obtener la información que necesita.

Otro héroe clásico que baja a las profundidades es el semidios Heracles (Hércules). En su caso, el descenso tiene como finalidad la captura del can Cerbero, el temible monstruo de tres cabezas que custodia los accesos al Hades. La difícil misión es una de las célebres doce pruebas, que en este caso le había sido encomendada por el rey Euristeo. Heracles sale victorioso de esta misión con la ayuda y la protección de Atenea y Hermes (una de cuyas funciones era guiar las almas al Hades). Curiosamente, durante su aventura en el inframundo, Heracles tiene la ocasión de encontrarse con otro héroe, el no menos célebre Teseo, quien había descendido también a las tinieblas del Hades durante una de sus aventuras, quedando atrapado allí, y que pudo liberarse gracias a la ayuda del primero.

Heracles (Hércules) enfrentándose al can Cerbero.

Heracles (Hércules) enfrentándose al can Cerbero.

También el príncipe troyano Eneas, protagonista de la Eneida de Virgilio, se ve obligado a descender al Hades, en este caso acompañado por Sibila, con la misión de hallar allí a su padre, Anquises, y conseguir las instrucciones precisas que le guiarán hasta fundar una “nueva Troya”, la floreciente Roma.

En un escenario parcialmente ajeno al de la mitología y la literatura, el de los chamanes de culturas como la siberiana, los esquimales o algunas tribus de indios americanos, aparece de nuevo el viaje a los infiernos como búsqueda de algún tipo de información que sirve de ayuda para la resolución de una misión o problema. En este caso, es el alma de los chamanes la que, durante un trance extático generalmente inducido por la ingesta de sustancias psicotrópicas, se abre paso por el mundo de los muertos y las tinieblas. Generalmente, esta catábasis tiene como finalidad obtener una información que permita al chamán sanar a un miembro enfermo de la comunidad –pues los espíritus le dirán como curar al paciente–, o bien ayudar al alma de un difunto a encontrar el camino hacia el más allá. Durante su aventura, como explica Joseph Campbell en su clásico El héroe de las mil caras, el chamán se enfrenta a multitud de peligros, tras los cuales consigue encontrarse frente al señor del inframundo y obtener la información que busca.

INICIACIÓN
Dioses y héroes atravesaron las puertas del mundo subterráneo, como hemos visto, bien para obtener una información imprescindible en la resolución de sus aventuras, bien para rescatar a un ser querido de las garras de la muerte y obtener la resurrección. Sin embargo, todos estos relatos pueden interpretarse también desde otro punto de vista, en el que la catábasis constituye una prueba iniciática que el “aprendiz” ha de superar con éxito.

Dentro del fenómeno del chamanismo, que acabamos de ver, los aspirantes a brujos o curanderos debían someterse a un duro proceso de iniciación que, curiosamente, consistía en sufrir un proceso de muerte y posterior resurrección. Esta prueba, en la que jugaban de nuevo un papel primordial la ingesta de diversas drogas, repetía siempre una misma visión: se veían así mismos siendo aniquilados y descuartizados, sufriendo la eliminación de su “yo”, tras el cual regresaban renacidos y asumiendo su nueva condición. Esta terrible experiencia, inevitable para todo aspirante a chamán, constituía todo un descenso al reino de los muertos, donde los demonios les infligían los ataques que llevaban a su desmembramiento.

Curiosamente, algunos experimentos realizados en las últimas décadas del siglo XX para estudiar los efectos de drogas como el LSD arrojaron como resultado descripciones muy similares a estas, en las que los participantes se enfrentaron a experiencias de muerte y renacimiento.

La relación entre los relatos de descenso a los infiernos y los rituales iniciáticos de distintas prácticas religiosas y esotéricas queda patente en los mitos relacionados con los cultos mistéricos, como los de Dionisio o Eleusis, que hemos visto antes. De hecho, la mayor parte de los estudiosos coinciden en señalar el hecho de que, durante los rituales de los misterios, el iniciando recibía algún tipo de revelación relativa a la vida ultraterrena. Es más, lo que ofrecían muchos de estos cultos mistéricos era, precisamente, la salvación del alma tras la muerte o una mejor existencia en el Más Allá, en compañía de sus dioses. En su obra antes mencionada, Mircea Eliade subraya esta interpretación: “Desde un cierto punto de vista, podríamos decir que todos esos mitos y sagas cuentan con una estructura iniciática. Descender vivo al infierno, enfrentarse a sus monstruos y demonios, es pasar por una ordalía iniciática”.

Precisamente, este función iniciática todavía puede rastrearse hoy, aunque de forma “descafeinada”, en los rituales de iniciación practicados por algunas sociedades secretas o “discretas” actuales, como ocurre en el caso de la masonería. Los aspirantes a incorporarse a una logia masónica deben pasar por la llamada “cámara de reflexión”, un habitáculo generalmente a oscuras –evocando el mundo subterráneo– y a veces decorado con calaveras, cuya simbología evoca claramente la estructura del mito del Descenso. Igualmente, durante la iniciación al grado de maestro, el aspirante se somete a una “muerte simulada”, en recuerdo al relato del asesinato del mítico arquitecto Hiram.

En definitiva, el mito del Descenso a los infiernos, que como hemos visto remonta sus orígenes a la aparición del culto a los muertos y de la creencia en un más allá, no es sin la plasmación religiosa, mitológica y sagrada del miedo ancestral y atávico a la muerte. Un temor al que nadie escapa, y que tiene su paralelo en la propia vida, pues la propia experiencia vital está plagada de peligros y desafíos de cuya resolución exitosa depende la victoria sobre nuestros “demonios interiores”. En nuestra mano está la posibilidad de encarnar al dios o al héroe y salir victoriosos.

ANEXO
DESCENSO A XIBALBÁ
Al igual que en muchas otras culturas, los antiguos mayas creían que la muerte no era el fin definitivo de la existencia. Para ellos, el alma del difunto se trasladaba al Inframundo (llamado Xibalbá por los quichés y Metnal por los yucatecos). Aquel otro mundo se ubicaba en las entrañas de la tierra, bajo la selva y más allá de las masas de agua, constituyendo una especie de reflejo siniestro del mundo de los vivos. No era, sin embargo, un equivalente del infierno judeocristiano, pues el alma no recala allí a modo de castigo, sino que es su destino lógico. En su inquietante periplo por el Inframundo, descrito en el Popol Vuh (el Libro del Consejo de los mayas quichés), los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué recorren –como sus paralelos mesopotámicos o grecolatinos– un escenario siniestro y lleno de peligros.

Un cenote, considerado por los mayas como entrada al inframundo. Crédito: Babblingdweeb / Flirckr (Creative Commons).

Un cenote, entrada al inframundo maya. Crédito: Babblingdweeb / Flickr (Creative Commons).

El llamado “juego de pelota” fue el rito religioso más importante de los antiguos mayas, pues constituía una representación simbólica de uno de los relatos sagrados clave de esta civilización, íntimamente relacionado con el Inframundo. Según el Popol Vuh, dos hermanos divinos, Hun Hunaihpú (Uno cerbatana) y Vucub Hunaihpú (Siete cerbatana) estaban obsesionados con el juego de pelota, y pasaban horas practicándolo. Un día causaron tanto alboroto que molestaron a los señores del Inframundo, quienes les retaron a descender para jugar con ellos. Tras una serie de pruebas a las que fueron sometidos, los dos hermanos murieron asesinados.

La cabeza de Hun Hunaihpú fue colgada de un árbol y los señores del reino de la muerte prohibieron tajantemente tocar sus frutos. Sin embargo, la joven Ixchiq, hija de un señor de la muerte, se acercó un día al árbol y la cabeza de Hun Hunaihpú le escupió en una mano, dejándola embarazada. Temiendo la ira de su padre, Ixchiq escapó a la superficie, donde dio a luz a dos hijos: Hunahpú e Ixbalanqué. Éstos heredaron la pasión de su padre y su tío por el juego de pelota, y la historia volvió a repetirse. Un día, mientras jugaban, los señores del Inframundo les retaron a competir con ellos, y en su descenso fueron igualmente sometidos a distintas pruebas. A diferencia de lo que ocurrió con su padre, los gemelos lograron superar las trampas gracias a su ingenio y, tras realizar varios milagros, derrotaron y mataron a Uno Muerte y Siete Muerte, asesinos de su progenitor. Tras la victoria fueron ascendidos al cielo, convirtiéndose en el Sol y la Luna.

El relato de este particular descenso a los infiernos constituye un auténtico viaje iniciático, durante el cual los aspirantes adquieren un conocimiento oculto, obtenido tras superar una serie de pruebas.

ANEXO
LOS DEMONIOS DE UN JOVEN MAGO
No sólo los relatos mitológicos antiguos o textos literarios medievales repiten este esquema. También la literatura y el cine actuales aprovechan esta estructura para dar mayor fuerza a los relatos. Ese es el caso, por ejemplo, de la célebre saga de Harry Potter, el niño mago popularizado por la escritora J. K. Rowling. Así, en el clímax de todas sus aventuras Harry se enfrenta al mal tras recorrer un peligroso periplo a través de lugares subterráneos, oscuros y tenebrosos. En La piedra filosofal, el pequeño mago accede a una cripta tras burlar al cancerbero, el perro de tres cabezas. A partir de ese momento tendrá que superar otras pruebas hasta obtener finalmente el preciado objeto que da título a la novela. En La Cámara Secreta, ésta se encuentra también en un habitáculo subterráneo oculto por una puerta secreta, donde Potter se enfrenta al basilisco.

Harry Potter se ha convertido en el arquetipo actual del héroe que desciende a los infiernos. Crédito: Warner Bros.

Harry Potter, arquetipo actual del héroe que desciende a los infiernos. © Warner Bros.

En la tercera aventura, Harry se encuentra con Sirius Black tras descender por un hueco escondido bajo el sauce boxeador, un árbol mágico ubicado en los exteriores de la escuela. En El Cáliz de Fuego, el audaz protagonista alcanza el cementerio –un lugar oscuro y tenebroso–, donde luchará con Voldemort, tras salir airoso de la prueba que supone el laberinto, otro símbolo de gran significado iniciático y hermético. La misma estructura narrativa volverá a repetirse en El misterio del Príncipe, en la que Harry –acompañado de Dumbledore– busca en una cueva uno de los horrocruxes, teniendo que atravesar un tenebroso lago a bordo de una barca (lo que recuerda poderosamente a Caronte y al río Aqueronte).

Finalmente, en la última novela –Las reliquias de la muerte–, es el propio Harry, el héroe, quien pasa por la experiencia de la muerte, visitando un limbo en el que se halla se querido Dumbledore, y obtiene allí la información que necesita para deterrotar definitivamente a su eterno enemigo.

ANEXO
OTROS “DESCENSOS”
La lista de personajes que llevan a cabo una catábasis es mucho más larga de la aquí recogida, y abarca prácticamente todas las épocas y culturas. Así, en la antigüedad encontramos también a los dioses Adonis y Attis, quienes protagonizan su propio descenso por separado. Algo similar encontramos en el relato de Orfeo y su amada Eurídice, o en la historia de los hermanos Cástor y Pólux. En el Islam, fue el profeta Mahoma quien baja a los infiernos acompañado por el arcángel Miguel, mientras que en la mitología japonesa encontramos a Izanagi, creador de todas las cosas, que baja al inframundo para rescatar a su esposa y hermana Izanami.

 

fuente: http://www.planetasapiens.com/?p=2291

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